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Decoración corporal prehispánica

Mujeres con pintura en el rostro en el mercado de Tlatelolco según Diego Rivera. Pintura mural en Palacio Nacional, 1945.

Mujeres con pintura en el rostro en el mercado de Tlatelolco según Diego Rivera. Pintura mural en Palacio Nacional, 1945.

La práctica del adorno corporal y las características últimas que éste adopta a lo largo del tiempo y entre distintas culturas son producto de un entramado simbólico que atribuye significados al cuerpo mismo –en conjunto y a cada una de sus partes– y a los elementos con que se le viste y adorna. La función primaria del adorno del cuerpo es establecer una suerte de identidad social, pues quien lleva un cierto tipo de prendas u ostenta alguna modificación intencional de su apariencia lo hace a partir de pautas culturales compartidas con los miembros de su grupo. La práctica de adornar el cuerpo puede adquirir distintos significados en distintos niveles y lo que para un grupo tiene un sentido para otro aún cercano culturalmente puede adquirir otro.

En nuestros tiempos, la pintura en ojos y boca es una práctica esencialmente asociada a las mujeres, quienes no sólo realzan su belleza de acuerdo al canon sino que se hacen parte de un grupo determinado, el del género femenino. Hoy día existen hombres, en especial jóvenes, que usan de pintarse ojos y boca, no con la idea de ser vistos como mujeres sino para identificarse como miembros de un grupo específico dentro del conjunto social, uno que comparte visiones específicas sobre distintos aspectos como la música, la moda, etc.

Que la manera de adornar el cuerpo implicaba la pertenencia o no a un grupo determinado, es decir que funcionaba como seña de identidad, se ejemplifica en Gonzalo Guerrero, aquel naúfrago español que tras convivir con los mayas de la bahía de Chetumal, Quintana Roo, se integró plenamente a ellos y rechazó el ofrecimiento de sus compatriotas de rescatarlo. Además de su negativa a unirse a los españoles, lo que más llamó la atención de éstos fue que se había “labrado” cara y cuerpo y portaba orejeras y narigueras. Esto no sólo muestra que se identificaba con los mayas, sino que éstos lo reconocían como noble, pues esta era una práctica reservada a la elite. En las crónicas de la época son frecuentes las menciones a las prácticas de adorno corporal que existían entre los habitantes de la región; de hecho se trataba de una costumbre que se encontraba no sólo entre los pueblos mesoamericanos sino entre las sociedades nómadas del norte del país, aunque cabe aclarar que con modalidades distintas.

El adorno corporal en el México prehispánico incluía variantes que podían ser temporales o permanentes. Entre las primeras están la pintura corporal, el vestido y la joyería sobrepuesta (como anillos, collares o diademas), y entre las segundas, la escarificación, el tatuaje, la joyería que implicaba horadar la piel (orejeras, bezotes o narigueras), la deformación del cráneo y el limado y la incrustación dentarios. En esta edición de Arqueología Mexicana incluimos sólo aquellas prácticas que tenían la piel como soporte principal –en algún grado–, ya sea porque se le cubría con pigmentos o porque de plano se le hendía u horadaba.

El adorno corporal permanente o temporal poseía dos sentidos básicos: señalar una identidad social y sumar una cualidad determinada al cuerpo en ocasiones señaladas.

ENRIQUE VELA

Fuente: Arqueología Mexicana

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