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Los enigmáticos Códices

Valiéndose de ideogramas, los mayas elaboraron una cantidad incalculable de libros, o códices. Sólo tres han llegado hasta nosotros. Su historia conocida empieza con un acto de barbarie, prosigue en circunstancias azarosas, incluye el esfuerzo por descifrarlos y aún no termina.

La temática de un libro maya podía estar vinculada con la religión, la astronomía, los ciclos agrícolas, la historia o las profecías. Pero en todos los casos, tanto el contenido como la elaboración del Códice y el valor de éste por sí mismo, estaban relacionados con el mundo superior. Puesto que para escribir era necesario hallarse en contacto con los dioses, los productos de esa escritura debían ser considerados como objetos sacros y conservados en habitaciones específicas dentro de los templos y de los principales edificios civiles.
Durante las fiestas y ceremonias especiales, los códices se leían en público, después de someterlos a ritos purificatorios y de renovación. La lectura la realizaban varios sacerdotes, cada uno de acuerdo a su especialidad, por lo que es posible que los ideogramas hayan tenido no una, sino varias interpretaciones.

¿CÓMO ES UN CÓDICE?

Igual que para nuestros libros, la materia prima para elaborar los códices era el papel. Los mayas lo llamaban kopó—ahora conocido como papel amate—y lo hacían con la corteza del árbol de la higuera (Ficus); aunque también solían usarse piel de venado, tela de algodón y papel de maguey, aparentemente ningún material fue más usado que el kopó.

El proceso de fabricación del amate, tanto en el Mundo Maya como en las demás regiones indígenas, era básicamente el mismo. A las ramas se les arrancaba la corteza, de cuyo interior eran obtenidas capas de suave fibra. Con ésta se producía una pasta, reiteradamente aplanada hasta convertirla en hoja, puesta a secar al sol. El resultado eran largas tiras de papel de entre 15 y 25 cm de ancho, que se doblaban a manera de biombo en porciones iguales y que formaban las páginas del códice. Las páginas se cubrían con una capa de almidón y, finalmente, con una preparación blanca de carbonato de calcio.

A cada página se le pintaba un grueso marco de color rojo y algunas líneas horizontales y verticales; entonces, quedaba dividida en varios cuadros, dentro de los cuales se dibujaría un ideograma diferente aunque relacionado con los demás. Los temas tratados podían ocupar una o varias páginas.

El sistema que empleaban los sacerdotes para hacer las adivinaciones se basaba en el tzolkín (calendario maya de 260 días). Cada uno de los días contenía diversas cargas de energía, que se manifestaban de manera distinta según el individuo o la comunidad que consultasen el códice; esas cargas, además, cambiaban de acuerdo al momento.
Consultando este calendario, el sacerdote reconocía ciertas fechas que eran significativas para cada hombre, cada periodo y cada momento. Por eso, en los códices mayas que hoy conocemos la unidad adivinatoria es el almanaque, que se puede referir a predicciones sobre hechos cotidianos, astronómicos y ciclos de veinte años.

Por Beatriz Martí
Cortesía de revista Mundo Maya: www.mayadiscovery.com

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